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Domingo, 12 Enero 2014 00:56

Las Huaringas

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Las Huaringas son 14 lagunas de diversos tamaños y formas, consideradas potentísimas desde el punto de vista mágico terapéutico, adonde curanderos de todo el país acuden para realizar sus prácticas, siendo visitadas por muchos creyentes del país e incluso desde el extranjero.

En ellas llevan a cabo sus ritos para la práctica de la medicina tradicional. De estas catorce lagunas, las más visitadas son la Shimbe, y la Laguna Negra.

Para acceder a este punto se parte de madrugada, en vehículo de servicio público, desde Huancabamba. Luego de dos horas se llega al poblado de Salalá, en donde si desea contratará una acémila o a pie llegará a la primera laguna.

Deberá asistir, según la tradición, con su brujo o chamán, al que podrá encontrar en el poblado o venir con uno de otro lugar.

Estas lagunas tienen una altura de 3.500 msnm. Además de ellas, existe otro grupo de siete lagunas de menor renombre denominadas Las Palanganas, conocidas por la belleza de su entorno. El clima es frío, al igual que la temperatura de las aguas. En los alrededores crece el ichu, la chilhua, la totora y diversos arbustos.

Fuente: enjoyperu.com

Domingo, 12 Enero 2014 00:55

San Pedro: El Camino Del Shaman

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Contuve las nauseas y las ganas de vomitar cuando el shamán acercó el vaso a mis labios. Una sustancia viscosa, de color verde, desbordaba el recipiente, prolongando varias lenguas de babas hasta el suelo.

Su apariencia era la de mocos. Apoyando la mano izquierda en la muñeca derecha, comprobé que mi ritmo cardiaco había subido a 100 pulsaciones por minuto, y mi respiración estaba muy agitada.

Intenté tranquilizarme al aceptar el vaso rebosante de aquella sustancia de aspecto repugnante, para llevármelo a la boca.

Llené los pulmones, cerré los ojos, y empecé a tragar. Aquellos mocos verdes eran mucho más densos de lo que aparentaban, y más que bebidos debían ser masticados. Como si de puñados de algas se tratase, tenía que cortar con los dientes cada bocado para poder ingerirlo. Y con cada uno tenía que tragarme las arcadas para no vomitar.

Poco después de la segunda toma de aquella sustancia que me ofrecía el shamán, mi mente empezó a expandirse. El tiempo se dilataba. El espacio se contraía. Y de pronto me hice consciente de que era “invisible” y podía “volar”. El San Pedro, un cactus alucinógeno utilizado por los shamanes andinos desde hace miles de años, me había abierto las puertas de la percepción, proyectándome en un increíble viaje al fondo de la mente… 
San Pedro, el guardián del cielo 

El San Pedro, como el yopo, el peyote o la ayahuasca, ha sido utilizado por brujos, hechiceros, médicos tradicionales y shamanes, desde los albores de la historia. Nadie sabe precisar cuando, y lo que es más importante, como, los antiguos sacerdotes de las culturas precolombinas, descubrieron que en la composición química de hongos, cactus o lianas, se encerraban sustancias químicas que, convenientemente preparadas, podían alterar la percepción de la mente humana, ofreciéndonos una forma alternativa de conciencia. 
De hecho existen imágenes de estas plantas de poder reflejadas en bajorrelieves como los del templo de Chavin de Huantar, donde se representa al shamán, vestido con la piel de un felino, que lleva en sus manos el citado cactus.

Ningún estudioso duda ya de la trascendencia que los antiguos incas conferían al cactus San Pedro, así como a los animales sagrados y a los seres mitologicos ya en los lejanos periodos del llamado 'Horizonte Temprano' (1000-400 a.C.) y del 'Intermedio Temprano' (400 a.C.-540 d.C.).

Según estudiosos como Larco Hoyle, una serie de cerámicas de la Cultura Lambayeque  y Mochica dejan claro que los mochicas estaban fuertemente familiarizados con el uso 'medicinal' del San Pedro. Este cactus era cultivado cerca y en las inmediaciones  de las viviendas con el fin de que su proximidad a ellas fuera propicio para que el espíritu de la planta protegiera a los moradores. Y cuando llegaba el momento de la recolección, esta se celebraba preferentemente en plenilunio y de noche. Entonces se efectuaba un misterioso ritual acompañado de rezos y cánticos destinados a solicitar al poder que residía en la planta que asistiera y favoreciera al curandero o shaman para poder darle una 'vision' o para poder sanar la enfermedad. Este ritual era muy misterioso y sólo podían asistir a el los iniciados, ya que -según ellos- su con consumo podía suponer un peligro para los profanos. Bien utilizado, no obstante, el San Pedro podía abrirles las puertas del cielo… de ahí su nombre. 
Todas esas “plantas de poder” contienen elementos enteógenos (palabra que significa “experiencia interna de Dios”, y el cactus denominado San Pedro es en realidad la especie conocida como Trichocereus Pachanoi. Otra variedad importante es el Trichocereus Peruvianus, que parece tener más contenido en mescalina que el Pachanoi. Ambas son utilizadas en Peru, Ecuador, Bolivia o Mexico como intrumento para acceder a otros planos de la conciencia. Su nombre, “San Pedro” hace referencia a las propiedes enteogénicas del cactus, pues lleva el nombre del santo cristiano que precisamente guarda las puertas del Cielo. En centroamérica el San Pedro recibe también los nombres de "aguacolla" o "gigantón".

Carlos Iruri Palomino es shamán. Lleva más de 30 años trabajando con el San Pedro, y es uno de los sacerdotes incas que peregrina periódicamente hasta Machu Pichu para realizar sus rituales.

Machu Pichu, además de un centro turístico y un emplazamiento arqueológico de enorme importancia internacional, continua siendo el centro ceremonial, el templo shamánico que siempre fue. Allí concerté mi participación en el ritual de ingesta del San Pedrito que Carlos Iruri realizaría unos dias después, en las entrañas del Valle Sagrado. 

El Ritual 

Llegamos a Pisac, en pleno Valle Sagrado, todavía arropados por la luz del sol. Allí el shamán Carlos Iruri Palomino se encontraba ya preparando todos los detalles del ritual. Ritual que, según las notas de mi cuaderno de campo, dio lugar exactamente a las 
18:13.

Para comenzar el ayudante de Carlos Iruri pasa ante todos los presentes una bolsa llena de hojas de coca, y cada uno de nosotros debe tomar 3 hojas al azar, que después entregaremos al shamán, quien las irá ordenando sobre un paño en el suelo, como si de una especie de oráculo se tratase.

El shamán deberá leer Poco a poco todos los presentes van recibiendo su vaso con el San Pedro. Por mi situación yo seré el ultimo en tomarlo, lo que me permite tomar notas sobre las reacciones, movimientos o comentarios de los demás.

Pero cuando se acerca mi turno, y por fin puedo ver con claridad la apariencia del preparado realizado por el shamán siento miedo. Controlo de nuevo el pulso. He subido a 100 pulsaciones por minuto.

Ahora comprendo porque algunos de los presentes han tenido arcadas y se han levantado abandonando el barracón sin conseguir ingerir la sustancia. El aspecto de aquella pócima es repelente. Como un vaso de mocos verdes. 

En aquellas hojas de coca si el ritual nos será propicio. Para entonces el sol ya se ha puesto sobre las montañas del antiguo imperio inca. 
Tras aquella consulta al oráculo, y al filo de las 18:30, los 17 integrantes del ritual entramos en un viejo barracón, donde Carlos Iruri colocó el altar, permitiendo que quien lo desee situé sus “objetos de poder” en torno a él.

Cada uno de nosotros escoge un lugar al azar, y casualmente a mi me toca el sitio situado más lejos del altar, justo al lado del quemador de incienso y las velas. Este detalle será muy importante más tarde, ya que me permitirá utilizar la luz de las velas y las llamas del inciensario para continuar tomando notas en mi cuaderno, mientras se desarrolla la toma del San Pedro en total oscuridad.

El shamán prende el quemador con alcohol y deposita unos tronquitos de Palo Santo, un incienso natural, y una especie de esquirlas metálicas que producen un chisporroteo en las llamas. Después recorre uno a uno a los presentes, recorriendo nuestros cuerpos con unas grandes plumas, en lo que pretende ser una limpieza espiritual antes de la ingestión de la planta de poder.

Exactamente a las 18:35 Carlos Iruri comienza a servir en San Pedro, que ya había preparado durante los días anteriores, y que aguardaba dentro de un recipiente de barro, para ser ingerido por nosotros. Uno a uno, serena y lentamente, los asistentes del shamán acercan a cada uno de los presentes un vaso con el místico San Pedro. Desde donde me encuentro, justo al otro extremo de la sala, todavía no puedo ver con claridad la apariencia de aquella sustancia. Controlo mi pulso cardiaco. Estoy a 80 pulsaciones por minuto.

Fuerzo la vista en la penumbra para intentar observar las reacciones de los presentes. La primera persona que ha ingerido el San Pedro tambalea su cuerpo con los ojos cerrados, y se hecha un abrigo sobre los hombros. Entonces reparo en que ya es de noche y comienza a refrescar. Y el hecho de estar sentado en el suelo, completamente quieto, probablemente hará que pase un poco de frío. Pero la curiosidad por experimenta la toma del cactus mágico es mucho mas fuerte que el frío que pueda pasar. 
 
18:48, llego mi turno. Uno de los asistentes de Carlos Iruri me entrega el vaso y me indica que me lo beba. Me concentro en contener las ganas de vomitar al meterme aquellos mocos verdes en la boca. Me sorprende su sabor, neutro. Sin embargo no se trata de un líquido, como suponía, sino de una especie de pasta.

Tengo que utilizar los dientes para cortar y tragar, como si estuviese tomando un puñado de algas marinas. Resulta tentadora la idea de escupirlo todo y salir corriendo del ritual, y de hecho algunos presentes lo hacen. Pero he viajado desde muy lejos, cruzando un océano, para poder experimentar en mi mismo el efecto de aquella droga shamánica y no voy a tirar la toalla ahora. Recuerdo una experiencia anterior, en México, al ingerir peyote con un grupo de chamanes aztecas, e intento convencerme a mi mismo de que el San Pedro no puede ser peor.

Así que cierro los ojos, aprieto el vaso con fuerza y trago aquellos mocos verdes lo más rápidamente posible, mientras mi compañero de viaje, Miguel Blanco, graba en video tan desagradable momento. 
Al vaciar el vaso me siento aliviado. Vuelvo a controlar el pulso. Continúo con 100 pulsaciones por minuto. Varios de los presentes han desistido de ingerir el cactus de poder y nos observan expectantes, en silencio, o directamente abandonan la sala.

Otros se acomodan buscando la postura más apropiada para iniciar su “viaje”. Y entonces el shamán ofrece una segunda toma de San Pedro a quien pueda resistir una dosis mayor, según su criterio.

Yo pido esa segunda dosis, e ingiero un nuevo vaso de San Pedro a las 18: 52. Ahora ya solo queda esperar a que ocurra algo... si es que realmente algo puede ocurrir, y todas las historias sobre los poderes perceptivos del cactus mágico no son un fraude... 
vuelvo a enfrentarme a un fraude. A un charlatán que manipula a su comunidad con un sistema de creencias absurdo, amparado por un cactus sagrado que no tiene ningún tipo de sustancia alucinógena… Y justo cuando estaba a punto de levantarme para abandonar la sala, furioso por el engaño, comenzó mi viaje… 
Un torbellino de imágenes, como flashes, golpea contra mi cerebro. Luces, colores, sensaciones. Ha 
 
El “viaje” a ninguna parte

Con la segunda dosis sentí un ligero mareo, pero mis pulsaciones bajaron a 80 por minuto, ya le he perdido el miedo a la ingestión, por desagradable que sea. Mientras, el shamán silbaba y cantaba unas letanías en quechua.

Escucho movimiento a mi alrededor y abro los ojos. En la penumbra veo que como alguna otra persona abandona el ritual. Es una especie de selección natural del San Pedro que, a decir de los nativos, escoge quien debe y quien no debe viajar con él.

Carlos Iruri continúa sus cánticos, silvidos y letanías en quechua a través de la Chacana (cruz andina), mientras concentro mi atención en la expectativa de percibir algún tipo de resultado. Y lo único que percibo es que el mareo que siento es más intenso, así como la sensación de presión en la boca del estómago, que empieza a revolvérseme.

Para colmo, en ese instante escucho como el shamán pide un cigarrillo, lo enciende, y comienza a echarnos el humo por la cara y cuerpo, uno  a uno. Puedo escuchar con claridad, a pesar de no abrir los ojos por el mareo, como se acerca a mi, y noto como me echa el humo y me frota en la frente. Mi pulso ha subido a 90 pulsaciones por minuto.

La sensación es similar a una borrachera. Pero empiezo a sentirme incómodo. No percibo nada especial, salvo un creciente desprecio e incluso ira por el shamán. No ocurre nada, y empiezo a pensar que todas las historias relacionadas con el San Pedro son producto de la sugestión de los supersticiosos nativos. Como en tantas otras ocasiones me temo que comenzado y es mucho más intenso de lo que suponía. Me avergüenzo de los pensamientos que acabo de tener.

No quiero perderme nada de la experiencia, pero al mismo tiempo quiero mantener la consciencia para poder tomar notas de todo lo que ocurre, con objeto de hacer un relato exacto y concreto de la experiencia. Y descubro, maravillado, que el San Pedro es una sustancia mucho más mágica de lo que suponía, porque mientras permanezco con los ojos cerrado, el viaje es intenso, lúcido y concreto, pero en cuanto abro los ojos vuelvo a recuperar el control de la situación, y puedo tomar notas, aunque casi a oscuras, para luego volver a cerrar los ojos e inmediatamente salir de nuevo catapultado hacia el viaje shamánico. 
Las notas que trascribo a continuación son exactamente las que tomé en esos momentos. Quizás no sean todo lo racionales y analíticas que debieran, pero ello es debido al efecto estimulante de la droga en mi cerebro, y al entusiasmo por la magnífica experiencia. “Son sueños compactos”.

Asi describo las visiones que llegan a mi mente. Tan intensas, vivídas y reales como en un sueño, pero mucho mas breves. Como un sueño compactado. 
“20:12. No controlo las visiones. Hay que dejarse llevar, escapar del lugar. Los sueños te llevan. Vuelven las arcadas. Luz imaginaria en los parpados…”. En ese instante, a través de mis párpados cerrados, sentía una gran claridad, una luz resplandeciente. Lo primero que pensé es que algún coche venía de frente hacia el barracón y sus focos nos iluminaban, sin embargo no escuchaba ningún ruido de motor. De hecho no escuchaba ningún ruido. Pero al abrir los ojos todo seguía a oscuras. No había  linternas, focos ni luminosidad alguna. Solo percibía aquella gran claridad cuando cerraba los ojos y continuaba el viaje. 
Siento entonces lástima por el shaman y sus ayudantes, que no han ingerido el San Pedro y no disfrutan de aquella extraordinaria experiencia. “No pueden comprender. Están preocupados”.

“20:17. No es frio. Los ojos te traen. Al cerrarlos me voy. Es automático. No es el cactus, es la mente”. Ante mi desfila la creación del universo, viajo por todo el sistema solar con mi imaginación, pero me doy cuenta de que controlo totalmente el viaje. Puedo volver a la conciencia del barracón solo con abrir los ojos, tomar mis notas, y continuar el viaje en cuanto los cierro de nuevo.

“20:29. El tiempo se dilata. Hace horas que tome la última nota”. Es maravilloso. A pesar de que controlo constantemente mis pulsaciones y el reloj, sigo estabilizado en 80 por minuto, me da la impresión de que han transcurrido horas entre una nota y otra, cuando solo han pasado un par de minutos. El San Pedro dilata el tiempo de una forma extraordinaria. 
“20:33. Siento poder. Creo que no ve ven. Soy invisible y puedo volar. La mente va mas deprisa que el tiempo. Me consuelo”. En mi delirio tengo la sensación de que la mente humana es un instrumento poderosísimo. Una herramienta totalmente desaprovechada. Siento una conciencia plena de todas las cosas, una auténtica iluminación. El poder de la comprensión. Y soy consciente de que todos los seres humanos, sin distinción de raza, credo, lengua o clase social tenemos esa misma herramienta. Esa forma de igualdad natural me consuela. Todos somos iguales en esencia, pero no hemos aprendido a utilizar ese poder. El poder de la conciencia.

“20:43. Proteger la infancia. Me hablan (los niños)”. Siento sorpresa por ese nuevo contenido mental, pero mi viaje me lleva ahora a los niños. El futuro. Nuestros niños son la única esperanza en el futuro. Ellos convertirán el mundo en lo que nosotros queramos cuando nosotros ya no estemos aquí, por eso es tan importante educarlos y protegerlos. El futuro es tan inocente y frágil como los niños, y nuestro deber es prepararlos para ese destino incierto. Veo niños y niñas que me hablan de ese futuro y de mi responsabilidad para con ese futuro…

A las nueve de la noche Carlos Iruri decide concluir la experiencia. Aun no soy consciente de que, de las 17 personas que inicialmente participamos en el ritual, solo media docena continuábamos en el ritual al final. El resto habían ido marchándose poco a poco 
o no habían tenido un buen viaje.  

Con los ojos cerrados, y viviendo intensamente mi viaje, el shaman se acerca a mi para “despertarme”. Utiliza “agua florida”, que derrama bajo mi nariz y que me frota por la cara y por la nuca. Me resisto a salir del trance. Podría permanecer horas en aquel desconocido lugar de mi mente. A pesar de que al anochecer la temperatura a descendido bastantes grados, yo no sentía frío ni calor. Solo paz.

Los que hemos permanecido en el ritual hasta el final nos miramos sonrientes cuando vuelven a encender la luz. Siento que hay un vínculo entre nosotros. Es un efecto secundario del San Pedrito. No hablamos, pero nuestras miradas lo dicen todo. Y nuestras sonrrisas también. Hemos compartido un viaje a un lugar magnífico, pero sabemos que no podemos explicarlo ni compartirlo verbalmente. Pero nuestros ojos lo dicen todo.  

Me levanto y salgo rápidamente del barracón buscando un espejo. Necesito comprobar algo. Me acerco al coche y compruebo en el retrovisor lo que intuía. Mis pupilas están totalmente dilatadas. Mis ojos son una enorme pupila negra. Es otro efecto de la droga.

Análisis de un delirio

Naturalmente el viaje con el San Pedrito no es una experiencia empírica. Cada viaje es distinto, y como muy bien nos adelantaba el shamán, el cactus solo es un amplificador y un desinhibidor de nuestros propios contenidos mentales. Sin embargo quienes hemos experimentado el viaje del San Pedro podemos comprender la enorme y trascendental importancia que este cactus tenía en la cultura inca, como el Peyote, la Ayahuasca y otras “plantas de poder”, tenían en las culturas precolombinas. Es su particular pasaporte a la divinidad.

Terence McKenna tiene la teoría de que el desarrollo del ser humano a partir de los homínidos fue posible gracias al descubrimiento y posterior consumo de estas sustancias. Ellas serían las catalizadoras del desarrollo cognitivo y espiritual del ser humano. Las drogas son un medio, no un fin en sí mismas. Antonio Escohotado advierte que el malviaje no está descartado. Asegura que la personalidad autoritaria, la paranoica, la marcadamente depresiva u obsesiva, la pusilánime y la muy ambivalente tienden a asimilar mal todos o algunos momentos de la excursión psíquica, y yo comparto su opinión.

Por eso el proceso de elaboración es tan complejo, y el shaman tan estricto a la hora de decidir quien debe tomar o no el San Pedro, y cuales son las dosis precisas. Sin embargo el cactus del poder lleva existiendo miles de años, y los rituales mágicos también. Quizás por eso este enorme cactus peruano ha sido divinizado por los pueblos nativos durante siglos. Y cuando unos días después del ritual surcaba el océano peruano en dirección a las islas ballestas, y pude contemplar el legendario y misterioso “candelabro de Paracas”, ya no me cabía ninguna duda. El enigmático y gigantesco grabado que ha provocado tantos rios de tinta y tantas conjeturas, no podía ser otra cosa que una precisa y magnífica representación del cactus de los dioses. El “candelabro de Paracas” no puede ser otra cosa que la mejor y más esplendorosa representación del San Pedro.


Autor: Manuel Carballal