Peru, Narrativas, Leyendas, Mitos, Religion
Sábado, 11 Enero 2014 18:04

HUARI, El Que Vive En Los Cerros

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Huari es un antiquísimo dios andino cuyo culto habría tenido su centro principal en el Callejón de Conchucos, donde se erigió el famoso templo de Chavín de Huantar.

El historiador Hernán Amat Olazábal y otros expertos han seguido el rastro de este dios casi olvidado. Amat nos cuenta que “hacia 1657, en las postrimerías del flagelo de los crueles extirpadores de idolatrías (ejércitos de curas fanáticos que arruinaron las creencias nativas), el visitador Estanislao de Vega Bazan recogió muchas evidencias sobre el célebre santuario de Chavín. Dijo que había sido erigido para el culto al dios Huari, y que sorprendió a un viejo sacerdote ofreciendo a Huari "unos granos de maiz negro y coca mascada, (con lo que) luego se le aparecía una araña al canto del fogón". Describió este gran complejo como un "adoratorio de los Indios, todo debajo de tierra con unos callejones y laberintos muy dilatados, hechos de piedra muy grandes, y muy labradas; donde halló tres ídolos que los quemó, e hizo pedazos, y enterró" .

En la actualidad, principalmente en la sierra de Perú y Bolivia, el nombre de Huari está en la mente de los indígenas como una deidad (“demonio”, según los curas) que habita en desolados parajes, cerros e incluso minas. Según sus creencias Huari puede proveerlos de abundancia si se le entrega ofrendas y se hace danzas en su honor, de lo contrario ocasiona males atroces a los humanos.

Fuente: Mitologia Andina

Sábado, 11 Enero 2014 18:03

CUNIRAYA: Dios y Mendigo

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Cuniraya es un huaca o dios más antiguo y poderoso que Wallallo y Pariacaca. Al parecer es el mismo Wiracocha pero con otro de sus remotos nombres. Era considerado animador de la tierra y del hombre, y el poseedor de todo lo existente. Los antiguos peruanos le pedían ayuda en el trabajo y era especialmente invocado por los tejedores de ropa fina.

Cuniraya o Wiracocha fue adorado en importantes culturas del Perú pre-hispánico. Mucho antes del Imperio de los Incas fue divinidad principal en Wari, Tiahuanaco, Chavín y, según recientes descubrimientos, en Caral, la primera civilización del continente americano (2600 a.C. aproximadamente).

Cuentan los relatos andinos que a Cuniraya le gustaba pasear tomando la apariencia de un hombre muy pobre, vestido con harapos viejos y sucios. Los hombres lo despreciaban, lo consideraban un mendigo piojoso y muchos lo maltrataban burlándose de él; sin embargo, también había personas piadosas y buenas que lo defendían y ayudaban. A éstos Cuniraya los recompensaba, con una sola palabra preparaba sus chacras y les construía inmensas acequias y fructíferos andenes.

Fuente: Mitologia Andina

Sábado, 11 Enero 2014 18:02

TUNUPA, Dios, Peregrino y Mártir

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Tunupa fue la deidad más importante del Collasuyo. Su culto se extendió entre los pueblos de origen aymara y lo reputaban como dios del rayo y los volcanes.

Los collas lo consideraban el supremo creador de la naturaleza y lo veneraban como un héroe y maestro civilizador. También le temían pues podía convertir en piedra a los desobedientes como lo hiciera con los antiguos Tiahuanaco.

Cuenta el mito que Tunupa recorría el Collao como un peregrino y maestro hasta que sus enemigos (seguidores del dios Wiracocha) lo capturaron y ataron a una balsa de totora y lo desaparecieron en el Lago Titicaca.

En Bolivia existe un volcán llamado Tunupa de 5400 msnm y los pobladores lo consideran un Apu sagrado y protector de los pueblos aymaras.

Fuente: Mitologia Andina

Sábado, 11 Enero 2014 18:02

El Mito de Yacana

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La constelación que llamamos Yacana, es el camac de las llamas, osea su fuerza vital, el alma que las hace vivir. Yacana camina por un grán río (la Vía Láctea). En su recorrido se pone cada vez más negra. ene dos ojos y un cuello muy largo. Se cuenta que Yacana acostumbraba beber agua de cualquier manantial, y si se posaba encima de alguien le transmitia mucha suerte. Mientras este hombre se encontraba aplastado por la enorme cantidad de lana de Yacana, otros hombres le arrancaban la fibra. Todo esto ocurría siempre de noche.

Al amanecer del día siguiente se veía la lana que habían arrancado la noche anterior. Esta era de color azul, blanca, negra, parda, las había de toda clase, todas mezcladas. Si el hombre afortunado no tenía llamas, rápidamente compraba algunas y luego adoraba la lana de la Yacana en el lugar donde la habían arrancado. Tenía que comprar una llama hembra y otra llama macho, y sólo a partir de estas dos podía llegar a tener dos mil o tres mil. Esta era la suerte que la Yacana confería a quienes se posaba encima de ellos. Se cuenta que en tiempos muy antiguos, esto le ocurrió a muchas personas en muchos lugares. A la media noche y sin que nadie lo sepa la Yacana bebe toda el agua del mar, porque de no hacerlo el mar inundaría al mundo entero.

Yutu (la perdíz) es una constelación pequeña que aparece antes que la Yacana. Según cuenta la tradición, la Yacana tiene un hijo que cuando mama ésta se despierta. Tambien hay tres estrellas que caminan juntas y en línea recta. A éstas les han puesto los nombres de Kuntur (cóndor), Suyuntuy (gallinazo) y Huamán (halcón). La tradición cuenta que cuando aparecen estas estrellas más brillantes que antes, ese año será bueno para el cultivo. Si en cambio aparecen poco brillantes, ése será un mal año, con mucho sufrimiento.

Fuente: naya.org.ar

Sábado, 11 Enero 2014 18:00

La Leyenda del Auquihuato

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Leyenda de los distritos de Oyolo, Colta, Pararca y Pausa de la provincia de Paucar del Sara Sara, departamento de Ayacucho. Época: Conquista Española.

La noticia había corrido tanto como la velocidad de los chasquis; allá, en Cajamarca, los gritos desesperados de indios que morían al estruendo de arcabuces y mosquetes y otros que huían despavoridos entre los cascos de descomunales equinos desataba el horror y la sangrienta afrenta al Tawantinsuyo, el Hijo de Sol, el Sapan Inca Atahualpa, había sido capturado por el mismo conquistador Francisco Pizarro que pedía oro y plata para liberarlo.

Acá, en el valle del río Huancahuanca, actual provincia de Paucar del Sara Sara, tales noticias habían causado dolor y confusión; nadie podía entender cómo podía pasarle, todo lo narrado, al Hijo del Dios Sol. No podían imaginarse siquiera, ¿quien era aquel que se había atrevido a tal sacrilegio? ¡Si el Dios Sol no podía ser detenido por nadie en el mundo!, ¿Cómo era posible que encierren a su hijo?. ¿Acaso eran wiracochas más grandes que el Inti? ¿Podían existir esos puka kunka de barba blanca, descritos por los chasquis?

Esta era la reflexión de Auquihuato, príncipe adivino de Oyolo, que había ordenado se recolectarán joyas, tesoros y adornos de oro y plata. Tenía que cumplir con este encargo, pues la vida del Inca, estaba ante todo. Y se había dado la tarea de comunicar a todos los grandes señores y guerreros de la zona para persuadirlos a entregar oro y plata para enviarlo a Cajamarca.

Y así se hallaba ese caluroso día conversando con Pucapuca, joven guerrero de Pararca, que se encontraba furibundo contra los españoles y estaba dispuesto a iniciar una guerra para expulsarlos del Tawantinsuyo.

¿No crees venerable Auquihuato –dice Pucapuca- príncipe de los adivinos del Tawantinsuyo, que debo seguir fabricando armas para expulsar a esos asnaruna puka kunkas?

Nunca está demás fabricar armas, joven guerrero Pucapuca, contestó Auquihuato.

Molesto por esta respuesta, Pucapuca, se dirige a Auquihuato expresando su resentimiento: Nunca me respondiste con tanta sequedad, venerado Auquihuato. ¿No crees que aún podrían los ejércitos incaicos expulsar a los barbudos invasores?

Auquihuato, solemne, responde: Por el momento, la prioridad es salvar la vida de nuestro Sapan Inka, de modo que debemos reunir los tesoros que logren su rescate. Tal vez los blancos invasores se marchen para siempre, si les entregamos oro y plata en cantidad considerable.

Auquihuato con la esperanza de que una vez libre el Inca encabezaría al ejército imperial para expulsar a los españoles hablaba prudentemente. Pucapuca entendiendo las razones de Auquihuato promete entregar todas sus riquezas para el rescate.

A lo lejos vieron a la Coya Sarasara, que venía hilando lana roja, se acerca a los dos hombres, ante la rendida admiración de Pucapuca y el gesto indiferente del adivino.

Veo, buenos amigos Auquihuato y Pucapuca que continúan angustiados por la suerte del prisionero Inka Atahualpa, dijo Sarasara.

Auquihuato ansioso le responde: Así es, Coya Sarasara, reina de Parinacochas, preciso es que también tú aportes riquezas para el rescate del Inka.

La Coya Sarasara cubre con una manta multicolor una piedra cercana, se sienta y dice: Desde luego caro amigo, prepararé una recua con 200 llamas que serán arreadas por los yanas, mis servidores, hasta la lejana Cajamarca.

En la conversación Pucapuca impertinente había comentado un chisme sobre los supuestos amoríos que tuvieron en su juventud Auquihuato y la Coya Sarasara. Éstos, muy molestos e incómodos, aclararon de inmediato al joven guerrero del hecho que nunca ocurrió entre ellos.

De pronto, Auquihuato entra en trance y empieza a orar: Padre Sol poderoso ¡Oye mi plegaria y protege la vida de nuestro Sapan Inka Atahualpa!... y comienza a chacchar hojas de coca, ante la atónita mirada de Sara Sara y Pucapuca, mueve tristemente la cabeza diciendo: ¡Ah, la sagrada hoja de coca amarga cada vez más y presiento que el fin de Sapan Inka está cerca!

Era cierto lo que decía la coca, Pizarro había matado al Inca tras muchas promesas bonitas y falsas, la triste noticia llegaba hasta ellos… un chasqui imperial, arrodillado y lloroso le dice al adivino: Venerado Auquihuato: el Sapan Inka ya no está más entre nosotros. No envíen ya riquezas porque los españoles han matado al hijo del Sol. Escuchando esto, Pucapuca y la Coya Sarasara que ya estaban conmovidos se afligen hondamente. El cielo de repente oscureció y todo alrededor pareció entristecerse: cerros, plantas, ríos y animales.

Manteniendo la serenidad, Auquihuato eleva sus ojos al cielo y dice: Ya no vale la pena vivir porque la muerte del Inka significa el fin de nuestra autonomía. Pucapuca, ve a tus posesiones y entierra tus riquezas. Tú, Coya Sarasara con tu gran poder, cambia el cauce de las aguas y provoca terremotos.

¿Y tú que harás príncipe Auquihuato? Pregunta Sarasara

Auquihuato se cubre el pecho diciendo: Estoy destrozado, pero hallaré fuerzas para hacerme enterrar con todos mis tesoros en el gran cerro florido que fue siempre mi morada. Descansaré por siempre cerca de mi centinela Huanipaco, mirando las pampas inmensas de Chappe, Qalaqapcha y Chikchipampa. Es tanto mi dolor que dispongo luto eterno: no permitiré vegetación en mi cerro; el río Huacme será tan profundo que nadie regará con sus aguas y las vicuñas que cruzan las pampas llorarán mi silencio…

Desesperado se lleva las manos a la sien, mirando a todos lados repone: Nuestro mundo llegó a su fin, nos quitarán nuestros tesoros, nuestras tierras…impondrán sus leyes, dioses, modos de vivir, ciencias y creencias. ¡Nada será igual!

¿Y no será posible reconstruir nuestro mundo? Pregunta acuciosa Sara Sara

Tendríamos que encontrar la cabeza del Inka y colocarla en una olla para que genere otro cuerpo, repone Auquihuato, concluye diciendo… y para eso pasarán siglos noble Coya

¡Adiós sabio Auquihuato! Yo no me enterraré como tú. Combatiré a los invasores y estaré en lucha constante provocando sismos y cambiando el cauce de los ríos, para que los puka kunka no tengan paz jamás! ¡Ay de ellos si olvidan mi culto! Diciendo esto Sara Sara comienza caminar…

¡Yo también lucharé contra ellos venerable Auquihuato! ¡Adiós para siempre! Diciendo esto Pucapuca se va junto a Sara Sara.

¡Adiós Sara Sara! ¡Guárdate bien Pucapuca! ¡Hasta siempre amigos míos! Diciendo esto Auquihuato los ve partir y dando la media vuelta se va.

¿Qué lecciones sacamos de esta leyenda?

Primero
Ante las situaciones difíciles debes ser leal y prudente con los tuyos, tus jefes y subordinados.
Tal como lo hizo Auquihuato tras enterarse de la situación del inca.

Segundo
Cuando tengas muchas tareas, prioriza lo más importante.
Tal como hizo Auquihuato al priorizar la recolección del oro y plata para el rescate del inca.

Tercero
Evita los chismes, puedes provocar fricciones y malos entendidos.
Pucapuca generó molestias entre Auquihuato y Sarasara por el malintencionado chisme que los involucraba.

Cuarto
Aún en las peores circunstancias, mantén las esperanzas y siempre lucha por un mundo mejor.
Tal como lo hicieron la Coya Sarasara y el joven guerrero Pucapuca.

Autor: Recopilada por Pina Canales Flores. Versión libre de Guillermo Huyhua y Rosa Arroyo.

Sábado, 11 Enero 2014 17:59

La Leyenda De Huacachina

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En Tacaraca, centro indígena de alguna importancia, durante el período precolombino vivía una ñusta de verdes-pardosas pupilas, cabellera negra como el negro azabache que forma piedra escogida de la tierra, o quizás como el negro profundo del chivillo, el pájaro quebradino de las notas agudas, el tordo de nuestros alfalfares de las cejas de las sierras, doncella roja de curvas y sensuales contornos gallardos, como las vasijas del Sol en el Coricancha de los Incas.

Allí cerca también de las alturas de Pariña Chica, el pago de las huacas, de los enormes tinajones y las gigantescas lampas de huarango esculpido, vivía Ajall Kriña; apuesto mozo de mirada dura y fiera en el combate, como la porra que se yergue en la mano del guerreo o como la bruñida flecha de tendido arco; pero de mirada dulce y suave en la paz, en el hogar, en el pueblo, como rizada nota de música antigua; como gorjeo de quena hogareña, percibida a lo lejos por el fatigado guerrero que tras dilatada ausencia regresa.

Ajall Kriña, enamoróse perdídamente de las formas blandas, pulidas de la virgen del pueblo y un día en la confusa claridad de una mañana, cuando la ñusta llevaba en la oquedad de esculpida arcilla, el agua pura, su alma apagada y muda hasta entonces, abrió la jaula y dejó cantar a la alondra del corazón:

Mi corazón en tu pecho
cómo permitieras;
aunque penda de un abismo,
muy hondo, muy hondo o estrecho
de modo que tú me quieras
como tu corazón mismo.

La de las eternas lágrimas, la princesa Huacachina, llamada así porque desde que los ojos de su alma se abrieron a la vida, no hicieron sino llorar; no tardó en correponder el cariño hondo, fervoroso e intenso del feliz varón de los cambiantes ojos de fiereza o de dulzura, de acero o de miel.

Todas las mañanas y todas las tardes, en los cárdenos ocasos o con las rosadas auroras, Huacachina, cuyas lágrimas parecían haberse secado para siempre, entregaba a Ajall Kriña, las preferencias de su corazón, las joyas de su ternura, los incendios de su alma pura y sencilla.

Pero la felicidad que siempre se sueña eterna a los ojos egoistas de que goza, voló como el céfiro fugitivo que se escurre entre las hojas de los árboles o entre las hebras del ramaje.

Orden del Cuzco, disponía que todos los mozos se aprestaran a salir inmediátamente, para combatir sublevación de lejano pueblo belicoso. Ajall Kriña, con el alma despedazada, despidióse de su ñusta hechicera. Ella juróle amor, fidelidad, cariño y él, alegre, feliz porque comprendía con la fe y la fiebre del que quiere, que ella no lo engañaría y entregaría su corazón como aquella otra ñusta odiosa de la leyenda iqueña que enajenó su ser por el oro de la joya, la turquesa del adorno y los kilos de la blanca lana como vellón de angora, marchó con otros de su pueblo en pos de nuevos soles a develar la rebelión, a sofocar el movimiento sacrílego contra el Dios-Inca.

Ajall Kriña, con heridas terribles, abiertas, incicatrizables en el cuerpo de bronce, muere en el combate después de haber luchado como un león.

La triste nueva, pronto se comunica a Huacachina, la bella princesa de los ojos hechiceros, quien alocada, desesperada, exantrópica, al amparo de las sombras que se vienen, huye sin que lo adviertan sus padres entre los cerros y los cuchillos de arena, hasta caer postrada, abatida, jadeante, sudorosa, con el llanto que desbordándose del manantial inagotable de sus olas, caían en las arenas que como pañuelos de batista, se extendían más allá de la Huega.

Las lágrimas ruedan y siguen rodando muchos minutos; numerosos días; tiempo tal vez incontable para ella, de sus ojos inyectados por el dolor y cuando el hambre, el dolor, la tristeza, la desventura, rompen el frágil cristal de su alma y la vida huye y se aleja veloz, esas abundantes lágrimas, absorbidas por las candentes arenas, surgen a flor de tierra en el inmenso hoyo amurallado por las arenas superpurestas, después de haberse saturado, con las sustancias de la entraña de la tierra, que las devuelve por no poder resistir el contagio del inmenso dolor.

En el día, las verdes aguas pardosas se evaporan en pequeña cantidad hacia los cielos, como si fueran llamadas por los dioses para aprender del dolor y se cuenta que todavía en las noches, cuando las sombras y el silencio han empujado a la luz, al ruido, sale la princesa, cubierta con el manto de su cabellera que se plisa u ondea en su cuerpo; con ese manto negro, muy negro, pero menos obscuro que su alma, para seguir llorando su llanto de ausencia y de pesadumbre, algunas de cuyas gotas todavía se descubren en la mañana, en los primeros minutos de la luz, hasta sobre los raros juncos que a veces brotan en la orilla de oquedad; se ven sobre las innumerables hojas rugosas del toñuz tendido en sus ocios y se perciben sobre cada uno de los dientes de las hojas peinadas del viejo algarrobo, que extiende sus ramas levantándose sobre la cama de arena, para pedir a los cielos, piedad y consuelo, destinados a la princesa de la dicha rota, del ensueño deshecho, del paraíso trunco.

Fuente: boletindenewyork.com

Sábado, 11 Enero 2014 17:59

La Leyenda de Tacaynamo o Tacainamo

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Tacaynamo fue el fundador y primer gobernante del Reino Chimú habría venido de Payta o Tumbes, implantó un Estado despótico, militarista y de gobierno hederitario.

De Tacaynamo solo se tiene conocimiento gracias a una crónica escrita en 1604, cuyo autor es anónimo, en la que habla de que “No se sabe de donde hubiese venido”, “… dio a entender que era gran señor…”, Vinio en “balsa de palos…”, “…avia sido enviado a gobernar esta tierra… de otra parte del mar”.

Sin embargo algunos autores como Federico Kauffman Doig han planteado que su procedencia sería de Payta o Tumbes ya que se menciona la “balsa de palos”, además que usaba en ceremonias “polvos amarillos” y “vestía paños de algodón con que traía cubierta las partes vergonzosas” (taparrabos) que el autor afirma que son tradicionales de donde el gobernante veía y que fueron muy usadas en esa regiones

Al parecer reunía poderes tanto políticos como sacerdotales. En la crónica dice que “ussaba en sus ceremonias” de “polvos (amarillos)” y vestía paños de algodón con que trahía cubiertas las partes vergonzosas”.

Ha su llegada se habría empezado a construir la ciudad de Chan-Chan, ya que esta ciudad consta de diez pirámides, el mismo número que el de los gobernantes Chimú hasta la llegada de los incas, cada una de las cuales habría sido construida por cada uno de los gobernantes.

En realidad fuera de la crónica citada no se sabe nada más de Tacaynamo, hay que señalar además la interesante semejanza con Naylamp, el fundador mítico de Lambayeque

El sucesor de Tacaynamo fue su hijo Guacricur, con el que empezarían las conquistas.

Fuente: Wikipedia

Sábado, 11 Enero 2014 17:58

Leyenda de Manco Cápac y Mama Ocllo

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Cuenta esta leyenda, (empezó Wiracocha) que el dios Sol, compadecido del estado de barbarie y anarquía en que vivían los pueblos, envió a sus hijos Manco Capac y Mama Ocllo, con el fin de unirlos y enseñarles a los hombres el arte de buen vivir y el culto al sol.

¡Cómo fue ello! (exclamó Juan).

Sonriendo, prosiguió el dios: “…Con este objeto les entregó una barrita de oro, encargándoles que por donde fueran buscaran introducirla en el suelo y en el sitio donde se hundiera, era su voluntad que allí fundaran la capital de Imperio y redimieran a las gentes…”

¿Se hundió al fin? (preguntó el niño).

…Obedeciendo el mandato divino, la pareja salió de una de las islas del lago Titicaca y se dirigió hacia el norte en busca del sitio donde establecerían la cuidad imperial.

Después de varios días de viaje y de hincar infructuosamente el suelo, llegaron al cerro Huanacaure y allí la barretilla se hundió al primer golpe. Entonces, en ese lugar, Manco Capac y Mama Ocllo fundaron la capital del Imperio Incaico.

¿Qué sucedió luego? (inquirió Juan)

…Inmediatamente Manco Capac sojuzgó a los naturales de ese lugar y otros aledaños, diciéndoles que su padre l Sol los había enviado para que fueran sus maestros y bienhechores…

La misión de los enviados divinos

Manco Capac enseño a los hombres los secretos de la agricultura como el cultivo de la tierra, el sembrío de las semillas y la fabricación de instrumentos necesarios para dichas faenas…

También les enseñó a construir sus casas, los caminos, sus acueductos, etc.

Mama Ocllo, por su parte, enseñó a las mujeres a hilar y a tejer, a confeccionar vestidos y realizar labores domésticas, como cocinar, lavar, etc.

Así empezó la legendaria civilización de los incas, según la leyenda del lago Titicaca. Más hay otra, igualmente bella, acerca del origen del Imperio Incaico.

Fuente: OSCAR ESPINAR LA TORRE: MITOS DEL ANTIGUO PERÚ

Sábado, 11 Enero 2014 17:57

La leyenda de los Pururaucas

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La leyenda inca cuenta que cuando los chancas invadieron el Cusco en 1438, el principe Cusi Yupanqui (Pachacútec) logró derrotarlos con ayuda de los Pururaucas. Veamos quiénes fueron estos guerreros míticos en el siguiente artículo de Raúl Porras Barrenechea, vía el portal de la UNMSM.

La leyenda de los Pururaucas

Decía Tomás Carlyle, el mayor exaltador de los héroes en la Historia: "Existe un deber sempiterno que impera en nuestros días, como en los días de ayer, como en todos los tiempos: el deber de ser valientes".

El hombre necesita libertarse del temor, que es instinto natural que lo ata y esclaviza, y marchar adelante en todas las ocasiones, por difíciles que sean, portarse como se portan los hombres, confiando en su destino, desafiando los obstáculos y adversidades, con el solo apremio de vencerse a sí mismo, subyugar el temor y hacerle morder el polvo de sus pies, como aconseja Carlyle.

Para avivar el culto del valor marcial de un pueblo, ningún estímulo mejor que el de los ejercicios viriles, el desarrollo de las fuerzas físicas, el adiestramiento en la lucha, la agilidad de los músculos y la práctica fecunda de la solidaridad social que favorecen los entrenamientos colectivos y hacen más sincera y más cierta la idea de un origen y de un destino común, que es la Patria. Ese sentimiento solidario adquirido en la fatiga del esfuerzo compartido, se aviva, sobre todo, con el estímulo espiritual que nos viene del fondo de nosotros mismos, tocado de esa forma de grandeza que tiene todo aquello que atraviesa los siglos por medio de la tradición.

El pueblo incaico, al que algunos cronistas e historiadores se empeñan en pintar como un pueblo apacible, tímido y fatalista, tuvo en sus días de auge el culto del valor y la vocación por la milicia. La educación de la juventud, la vida del plebeyo y del noble, –el trabajo, la fiesta y la oración– tendían a exaltar entre los Incas, los sentimientos de virilidad y de poderío, la conciencia del triunfo contra las fuerzas hostiles de la tierra y contra las tribus díscolas desconocedoras del signo de grandeza del Imperio. La más grande emoción del pueblo incaico y la visión más genuina del Cuzco Imperial, no es la de los días de siembra y de cosecha, con sus ingenuas rondas y cantos de alegría rural, ni tampoco el solemne espectáculo sacerdotal del Inti Raymi, no obstante la vocación agrícola de los primitivos pobladores; sino el estruendo guerrero de los días de preparación militar y la estrepitosa algazara de la entrada de los Incas victoriosos al Cuzco.

La educación de la juventud que había de marchar a la guerra, se inspiraba en principios de disciplina, de abstención rigurosa, de estoica resistencia y en ejercicios de agilidad, fuerza y destreza. A los dieciséis años los jóvenes nobles eran sometidos a prueba –en el ayuno en Colcampata, comiendo sin sal ni uchu o ají, absteniéndose de bebidas espirituosas–, corriendo desde el cerro de Huanacaure hasta la fortaleza de Sacsahuamán, casi legua y media, luchando en equipos contrarios, atacando o defendiendo la fortaleza, haciendo varias noches la vela de los centinelas y rivalizando en el manejo de la lanza y el arco, en puntería y en distancia. Todo el pueblo presenciaba y alentaba estos esfuerzos viriles. Los padres y parientes iban al borde del camino, en el que corrían sus hijos, para animarlos, "poniéndoles delante, dice Garcilaso, la honra y la infamia, diciéndoles que eligiesen un menor mal reventar antes que desmayarse en la carrera". Los simulacros de lucha eran a veces tan reñidos que algunos mozos eran heridos o morían en ellos por la codicia de la victoria. El mayor quilate de un guerrero indio era la impasibilidad ante el peligro. Los maestros jugaban con los discípulos, pasándoles las puntas agudas de las lanzas delante de los ojos, o amenazándolos herir en las piernas, sin que los jóvenes debieran siquiera pestañear o retraer algún músculo. Si lo hacían eran rechazados, diciendo que quien temía a los ademanes de las armas, –que sabía que no le habían de herir–, mucho más temería las armas de los enemigos y que los guerreros incaicos debían permanecer sin moverse "como rocas combatidas del mar y del viento". ¡Profunda y bien aprendida lección de estoicismo que admiró el conquistador español, cuando el caballo de Soto, llegó hasta el solio de Atahualpa, en desbocada carrera, salpicando con su espuma las insignias imperiales, sin que un sólo músculo del rostro del Inca se contrajera ante la insólita y desconocida amenaza!

La fiesta que podríamos llamar pre militar del Incario era el Huarachicu, en la que los guerreros nóveles, recibían, después de pruebas deportivas de carrera, de lucha, de arco y de honda, las insignias y signos militares, los pantalones o huaras y las ojotas y se horadaban las orejas para usar los grandes aretes distintivos de su rango. Ese día el pueblo bailaba repetida e incansablemente el taqui llamado huari, instituido por Manco Cápac, que duraba una hora y los jóvenes cadetes se presentaban ante el Inca que los exhortaba a "que fuesen valientes guerreros y que jamás volviesen pie atrás".

Otra visión del Cuzco de la época heroica es la de los días de salida de los ejércitos del Inca para expediciones lejanas o del retorno de éstos victoriosos y las ceremonias del triunfo guerrero. En los días de apresto bélico, el ejército llevando delante de sí el Suntur Paucar y la capacunancha con sus plumerías irisadas, iba rodeando el anda del Inca al son de las caxas, pincujillos, wallayquipus o caracoles, antaras y pututos, en un bullicio ensordecedor que hacía caer aturdidas a las aves del cielo. Los soldados aclamaban al Inca y entonaban sus Hayllis de guerra. Antes de emprender la jornada los sacerdotes hacían los sacrificios y alzaban su plegaria al Hacedor: "¡Oh sol, padre mío que dixiste haya cuzco y tambos, y sean estos tus hijos, los vencedores y los despojadores de toda la tierra; que ellos sean siempre mozos y jóvenes y alcanzen siempre victoria de sus enemigos!". El día del triunfo del Inca vencedor de los Chancas o de los Collas, llegaba anunciado por el ruido de su ejército y pasaba por la calle que llevaba al Coricancha, pisando los despojos y las armas de sus enemigos. Hombres y mujeres delirantes entonaban a su paso el haylli y loa de la batalla.

El triunfo de los Incas en todas sus campañas se debió, sin duda, a la superioridad de su organización política y social y al mayor adelanto de su técnica militar. Fue el champi o maza, con la punta de bronce, aleación que sólo los Incas conocieron en América, el más poderoso resorte o la verdadera arma secreta de las victorias incaicas. Pero lo fue también, principalmente, su moral heroica, su capacidad para la lucha y el sufrimiento y su confianza en sí mismos que es el mejor acicate del heroísmo.

La conciencia nacional del Incario se forjó repentinamente en el reino de Viracocha con el avance de los Chancas sobre el Cuzco y la huida del Inca hacia Urcos. La angustia del peligro ha sido siempre la gran forjadora del alma colectiva. Ante la feroz agresión de los Chancas a la ciudad imperial, surge la joven figura vencedora del príncipe Yupanqui, que convoca a los ayllus dispersos, recoge las armas abandonadas y se alista en contra del invasor. Los habitantes del Cuzco consternados ven salir al imberbe arrogante y temen que sea contraria su suerte ante la ferocidad, experiencia bélica y número de los Chancas. Sin embargo, el Inca joven regresa pocos días después vencedor, trayendo las cabezas de sus enemigos para ofrecerlas para una lección viril, a su padre anciano y a su hermano tránsfuga.

La causa de este milagro bélico está relatada en una leyenda que no figura por desgracia en los textos de historia nacional, no obstante ser una de las más bellas y sugestivas lecciones del espíritu heroico de los Incas. El joven Yupanqui relató, al regresar al Cuzco, que su victoria la debía no sólo al valor de sus soldados y a su resistencia desesperada sino a una ayuda divina que le había enviado su padre y Dios, Viracocha. El Dios, después de recibir los sacrificios que se le hicieron antes de la batalla, anunció al príncipe que le ayudaría y alentaría en la mitad de la lucha. Y contaba el príncipe valiente, que en el fragor de la batalla, cuando entre la gritería y sonido de trompetas, atabales, bocinas y caracoles, veían disminuir el número de los suyos a su alrededor, sentía que llegaban nuevos contingentes silenciosos que se incorporaban a pelear a su lado y extenuaban el empuje de los contrarios. Un rumor corrió entonces en el ejército incaico, seguro de su destino y del apoyo de sus dioses. Los soldados del Cuzco dieron voces anunciando a sus enemigos que las piedras y las plantas de aquellos campos se convertían en hombres y venían a pelear en defensa del Cuzco, porque el Sol y Viracocha se lo ordenaban así. "Los Chancas –dice Garcilaso– como gente creadora de fábulas, agoreros como todos los indios, desmayaron entonces en su ímpetu y cedieron en la lucha". Ellos mismos bautizaron a sus invisibles vencedores con el nombre de los Pururaucas, que quiere decir "inconquistados enemigos". Los pururaucas, dice la leyenda, después de vencer a los Chancas, fieles a su destino mítico se convirtieron en piedras. Cuenta otro cronista que desde entonces el mito de los Pururaucas fue uno de los más poderosos incentivos de las victorias incaicas. Los soldados del Cuzco entraban a la batalla animados por esa fuerza divina, incapaces de miedo, y los enemigos de los incas no osaban resistirles, tiraban las armas y se disgregaban, a veces sin llegar a las manos, al sólo grito que anunciaba la llegada de los hombres de piedra. Inca Yupanqui completó entonces su hazaña mítica. Afirmó que había visto en sueños a los Pururaucas y que estos se habían quejado de que, después de haberle prestado tanto favor, los incas los hubiesen dejado abandonados en el campo, convertidos en piedra, sin hacerles homenajes y ofrendas como a los otros dioses. El Inca Viracocha y sus capitanes fueron al lugar de la batalla y recogieron las piedras que el propio Inca indicaba ser de los Pururaucas y las llevaron en triunfo al Cuzco, donde fueron veneradas entre sus huacas más ilustres.

El mito de los Pururaucas es tan sólo una bella alegoría incaica para honrar el valor de las propias fuerzas y enaltecer la grandeza del Espíritu cuando los hombres sienten el acicate de la dignidad y del patriotismo, cuando son capaces del sacrificio y del riesgo, cuando se han educado en el roce del sufrimiento y del esfuerzo, cuando se han sobrepuesto al temor, entonces sus fuerzas se duplican y surgen junto a ellos los invisibles compañeros de granito, que desconocen el miedo y sólo saben el camino de la victoria. Los Pururaucas son los héroes silenciosos y leales que acompañan sólo a los que se atreven. Los Pururaucas son los traidores escondidos que acechan a los incrédulos y a los pusilánimes. Los Pururaucas no faltan nunca a la cita con los valientes. Son los enviados del optimismo, los mensajeros de la fe y de la confianza en nosotros mismos, los soldados de piedra de la convicción heroica. Son, sobre todo, la encarnación misteriosa de las fuerzas telúricas de la amistad secular entre la tierra y el hombre nativos, que se unen fielmente para rechazar al bárbaro extraño, transformando hasta las duras peñas y los árboles delicados, en corazones pujantes para el combate. Los Pururaucas son la primera expresión de un profundo y generoso amor: el sentimiento defensivo de la Patria.

Sábado, 11 Enero 2014 17:57

La Leyenda de Naylamp

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Todo empezó como en un cuento de hadas. Siguiendo la corriente del Niño, algunas embarcaciones en forma de balsa viajaban hacia el sur. La navegación, iniciada en la costa occidental de México proseguía serena y regular sobre la clara inmensidad del océano Pacífico. Encabezaba el grupo la nave del jefe: un inmenso abanico de plumas multicolores adornaba su proa.

Sobre el puente de mando se erguía un hombre de elevada estatura, aspecto aristocrático y altivo ,tez clara y facciones netamente semitas; envolvía un voluminoso turbante rematado por una diadema de plumas, sujeta a su vez por una magnífica turquesa.

Naymlap-éste era su nombre-, el héroe divinizado, guiaba su flota hacia la región que más tarde se llamaría Perú. Tras algunos días de navegación, al avistar una playa que le pareció adecuada para sus proyectos, emitió una orden. Las naves viraron hacia el éste. Poco después, la proa de la nave capitana encallaba dulcemente en la arena.

Un nuevo ciclo histórico estaba a punto de comenzar

Junto a la playa había centenares de embarcaciones quietas, en las que se amontonaban miles de hombres, mujeres y niños; pero nadie se movía.

Poco más tarde, un hombre bajó de la nave capitana: era Pitazofi, encargado de hacer sonar la trompa real, un instrumento construido con un caracol llamado Spondylus. Avanzó algunos pasos y luego, llevándose a los labios el nacarado cuerno , la arrancó un sonido ronco y potente.

Acto seguido el jefe de los portadores de la litera real, Nicacolla, bajó a tierra seguido de sus ayudantes. Ellos también se quedaron inmóviles apenas pisaron la playa, mientras resonaba otro toque de trompeta y descendía de la nave otro viajero, con un pesado cofre a cuestas.

Se trataba de Fongasidas, cuya función consistía en esparcir por el suelo, delante del cortejo real, puñados de piedrecillas rojas a fin de proteger de al augusto ocupante de la litera.

Volvió a escucharse la trompa y, seguido por seis hombres que transportaban enormes cajas, desembarcó LLapchilully, encargado del guardarropas real; luego le tocó el turno a Ochocali,¨cocinero-jefe¨,junto con sus ayudantes.

Por último desembarcó Allopoopo, cuya misión era preparar el baño del rey a cada etapa del viaje.

Todos aguardaban inmóviles.

Y he aquí que, sin que resonara la trompa, cuatro individuos lujosamente ataviados y con sendas coronas de oro sobre las sienes, desembarcaron con paso solemne llevando a hombros una litera sobre cuyos cojines estaba muellemente recostada la princesa Ceterni, esposa del rey.

De pronto, una voz ronca dejó oír una orden y todos los pasajeros de la nave capitana se ordenaron en fila sobre la cubierta: Naylamp avanzó entre ellos, estrechando contra el pecho un gigantesco Spondylus. Apenas hubo desembarcado, se postró ante su dios.

Todos los demás pasajeros a tierra ...

¿Cuál fue la primera orden del rey? Tal como harían más tarde los conquistadores, ordenó que se erigiese, en el lugar exacto del desembarco, una señal tangible de su llegada, un monumento que celebrase, de acuerdo con sus intenciones, la alianza entre el mar y la tierra, es decir, entre sus respectivas divinidades: Chia (la luna) y Ra, el dios solar generador de mieses...

Por último, vale la pena recordar que a orillas del lago del Guatavita se celebraba todos los años una ceremonia religiosa que consistía en arrojar al agua algunos trozos de arcilla verde; dichos trozos habían de transformarse, en el interior del palacio lacustre, en una estatuilla que representaba a una rana, naturalmente de jadeíta.

La ciudad de LLampallec está ya edificada, la religión ha arraigado sólidamente, y la economía de la nueva nación es segura y estable. Entonces, tal como ya lo habían hecho Quetzalcóalt y Viracocha, el primero respecto a mayas y aztecas, y el segundo respecto a los pueblos andinos, Naymlap decide partir y dejar a su gente.

Acercándose a la orilla del mar, despliega las alas y pronto desaparece tras el horizonte.

Quedaba su hijo, Si-Um, quien reinó sobre el país durante muchos largos años. Antes de morir se hizo encerrar en un subterráneo para dejarle a su descendencia, a manera de legado, el mito de la inmortalidad.

Tres de sus hijos crearon pequeños principiados locales. La dinastía propiamente dicha tuvo aún once representes, el último de los cuales, Fempellec, quiso trasladar a otro sitio la estatua de Naymlap, que, por aquel entonces, estaba en el templo de Chia, la Luna.

Sin embargo, por alguna causa desconocida, no pudo llevar a término su proyecto: cuentan que se le apareció un "demonio" bajo el aspecto de una joven que lo sedujo y le convenció que renunciase a su propósito.

Estalló entonces una terrible tempestad que duró treinta días, y, cual auténtico diluvio, arrasa con las cosechas casi por completo.

El pueblo, desorientado y preso de irritación ,se reveló contra el soberano, y, tras sumar a su causa a nobles y sacerdotes, los rebeldes capturaron a Fempellec, lo amarraron fuertemente, arrojándole al mar.

Así, por extraña fatalidad, la mítica dinastía de Naymlap, que había llegado del mar, concluyó también en mar. Nadie volvió a ocupar aquel trono hasta que el Gran Chimú de Chan Chan extendió su dominio sobre casi todas las regiones occidentales de América del Sur.

Fuente: bibliotecapleyades.net

 

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